El imperio del monopolio 1×34: Edición bombón helado

Al abrir la puerta….Madre mía, ahí estaban ocho tremendos hombres, la mayoría con sus torsos desnudos mirándome con cara de extrañados. Algunos llevaban ese mono azul de una sola pieza con el que tantas veces había soñado a medio abrochar, otros lo llevaban entero y otros lo llevaban por la cintura.

Al poco tiempo, las miradas de esos hombres se fueron clavando en mis pechos, en mis piernas, en mi cara y fueron convirtiéndose en miradas lascivas. Estaba sola con esos cabrones desnudándome con sus ojos y esa situación estaba mojándome cada vez más, hasta el punto que noté como me bajaba la lívido hasta el tanga y no pude aguantar más la tentación de ser una sumisa. Me arrodillé ante las bestias y se fueron acercando a mi alrededor, algunos murmurando obscenidades mientras se desabrochaban poco a poco la bragueta. Esas manos grandes, esos torsos masculinos y esas caras obscenas me estaban poniendo cardíaca. ‘Así que esto es lo que quieres, eh guarra’, ‘deja que te de un poco de esto, ya verás como te gusta’, ‘vaya, vaya…la zorrita de la empresa quiere caña’…Y poco a poco, como si de una banda se tratara, fueron sacando uno a uno sus miembros tremendamente erectos de la bragueta de el mono azul. El bukake estaba a punto de producirse, mi sueño hecho realidad se iba a producir en unos vestuarios. ¡Increíble!

Dios mío, no podía creérmelo, estaba rodeada de diez hombres cogiendo sus enormes miembros, tocándolos y acercándolos cada vez más a mi cara. Uno empezó a levantarme la falda por detrás y a acariciarme el culo. Tres más empezaron a desabrocharme la camisa y a meter sus manazas en mi escote, apretándome los pechos. Mis pezones estaban erguidos y ávidos de ser liberados por ese sujetador opresor, salían hacia fuera en busca de manos calientes. El tanga estaba completamente mojado y mientras uno quiso beber de mi, otro me introducía su miembro en la boca violentamente mientras otros dos rozaban con sus miembros mi cabeza. Mis cabellos se liaban cada vez más con sus miembros y el resto miraba la escena masturbándose efusivamente. Cada vez estaba más mareada por el calor y como si estuviera totalmente borracha, noté como de repente tenía un miembro en las amígdalas, luego otro, luego otro y cada tres minutos tenía uno diferente ahogándome. Me entraban arcadas cada dos minutos y totalmente extasiada empecé a notar como mi cara perfectamente maquillada empezaba a ser la diana del éxtasis de todos aquellos cabrones…Empezó a correrse mi rímel, mi pintalabios color carmín…Estaba presenciando ese increíble bukake a través de los espejos medio empañados por el calor. Hasta el sudor de aquellos tíos había calado en los poros de mi piel como si fuera un mono de esos azules…

Así seguimos, sí.

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El Imperio del Monopolio 1×33: Edición Masibón

Ahora, por segunda vez en más de un año, estaban desnudos ante el otro.  Andrés quiso verla, contemplarla, así que dejó de besarla un momento y se separó un poco para poder admirarla a gusto, pero no pudo disfrutar mucho tiempo de la vista, pues tenía prisa por algo más tangible; así que se acercó y empezó a besarle el cuello, bajó a los pechos, el vientre y luego con los labios desprendió el bikini de seda con encajes, que más que ocultar, resaltaba el tesoro que él deseaba descubrir.  Ahora no tuvo que pasarlo sobre sus sandalias de tacón, pues fue lo primero que ella aventó cuando entraron a la habitación.  Luz María se echó hacia atrás y él la siguió, quedando sobre ella, se frotaron como siempre, pero ¡qué diferencia!, ahora no había ropas que estorbaran ni se interpusieran entre ellos; ella se excitó tanto, que le pidió la unión total, cuando lo hizo, Luz María lanzó un grito que asustó a Andrés “¿te lastimé?”, ella rio, “no, grito de placer, aquí sí puedo hacerlo”.  Se sentía feliz de poder demostrar sus emociones y gritar, jadear, gemir ¡era maravilloso!

El la amó apasionadamente y ella le correspondió en la misma forma; cuando sintió que Andrés llegó al “punto sin retorno”, se preparó para el “gran éxtasis”, como le llamaban al orgasmo simultáneo, en el que gozaban más, porque además de su propio placer, disfrutaban del placer del otro.  Los dos llegaron al mismo tiempo al final y se sintieron más que nunca como un solo ser en lo máximo de su expresión.

Llegó el relajamiento, necesario, porque se habían fatigado mucho.  En esa ocasión él no se había separado de Luz María de inmediato, como lo hacía usualmente, sino que se había quedado unido a ella y de vez en cuando hacía un movimiento que la hacía volver a gemir, sin saber si era todavía residuos del clímax de Andrés o si lo hacía para darle más placer.

Al fin se separaron y él se acostó a su lado, rodeándole los hombros con su brazo; ella se acurrucó en ese hueco y con su mejilla rozaba a el velludo pecho de Andrés.  Todavía no podían hablar; tardaron bastante para poder hacerlo.  El inició la plática.

-¿Cómo te sientes?

-Feliz, ¿y tú?

-Si esto es la felicidad, desde luego que me siento feliz, pero ¿no crees que si es así, dura muy poco?

-No lo digas.  Me siento feliz ahorita y es lo único que me importa, para mí la felicidad es un estado de ánimo y dura… hasta que se acaba.  Déjame ser feliz aquí y ahora, sin preguntarme cuánto va a durar ¿sí?-  él no contestó, sólo la besó tiernamente en los labios.

Sí, seguimos con el relleno.

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El Imperio del Monopolio 1×32: Edición Comtessa

—El señor Grey la recibirá ahora, señorita Steele. Puede pasar —me dice la rubia
número dos.

Me levanto tambaleándome un poco e intentando contener los nervios. Cojo mi
bolso, dejo el vaso de agua y me dirijo a la puerta entornada.

—No es necesario que llame. Entre directamente —me dice sonriéndome.

Empujo la puerta, tropiezo con mi propio pie y caigo de bruces en el despacho.
Mierda, mierda. Qué patosa… Estoy de rodillas y con las manos apoyadas en el
suelo en la entrada del despacho del señor Grey, y unas manos amables me rodean
para ayudarme a levantarme. Estoy muerta de vergüenza, ¡qué torpe! Tengo que
armarme de valor para alzar la vista. Madre mía, qué joven es.

—Señorita Kavanagh —me dice tendiéndome una mano de largos dedos en
cuanto me he incorporado—. Soy Christian Grey. ¿Está bien? ¿Quiere sentarse?

Muy joven. Y atractivo, muy atractivo. Alto, con un elegantísimo traje gris,
camisa blanca y corbata negra, con un pelo rebelde de color cobrizo y brillantes
ojos grises que me observan atentamente. Necesito un momento para poder
articular palabra.

—Bueno, la verdad…

Me callo. Si este tipo tiene más de treinta años, yo soy bombera. Le doy la mano,
aturdida, y nos saludamos. Cuando nuestros dedos se tocan, siento un extraño y
excitante escalofrío por todo el cuerpo. Retiro la mano a toda prisa, incómoda.
Debe de ser electricidad estática. Parpadeo rápidamente, al ritmo de los latidos de
mi corazón.

—La señorita Kavanagh está indispuesta, así que me ha mandado a mí. Espero
que no le importe, señor Grey.

—¿Y usted es…?

Su voz es cálida y parece divertido, pero su expresión impasible no me permite
asegurarlo. Parece ligeramente interesado, pero sobre todo muy educado.

—Anastasia Steele. Estudio literatura inglesa con Kate… digo… Katherine…
bueno… la señorita Kavanagh, en la Estatal de Washington.

Que pasa, con algo hay que rellenar.

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